La individualidad es algo que todos deberíamos conservar bajo cualquier concepto. Nuestro derecho al libre albedrío...para poder abrazar la sinrazón, el más salvaje descorazonamiento...es algo indispensable, y sin embargo, arrebatado en más que incontables veces.
No es pretensión ni alarde de fortaleza interior. No es orgullo, ni traumas en el substrato de un carácter. Es pasión, instinto, olfato innato para la tragedia y el drama. No es forzar desesperada búsqueda de aprobación...en todo caso interna y objetiva. Los errores son los puntos de partida para el crecimiento personal y la búsqueda de un mejor y mas elevado espíritu de lucha y afán de superación. No dejar que éstos monopolicen tu rutina y hagan de ella una monotonía automática está en manos de quien los comete sin cesar y por inercia e inopia.
Vivir formando parte un total es el primer paso para privarte de tu individualidad. Estamos a un paso más cerca de la cumbre emocional, del sudor frío de la incertidumbre, de las mil revoluciones por minuto del tira-y-afloja mental que posee el cascarón del pájaro...del ala rota. Un paso más, que no siempre es un paso menos, pues del proceso lineal que es la vida nadie dijo que que surgieran afluentes tan dispares.
El calor del abrazo de piel desnuda mortifica el pensamiento y el espíritu; la contradicción viene de la mano de la euforia...de la elevación de los sentidos...de la muerte del vacío del profundo pozo que son esos ojos tristes que te miran conmovidos, anunciando un final que ni siquiera fue vencido.
