La risa es el gran antídoto contra los venenos del espíritu.
09 novembre 2011
Apagón
Necesitaba despejarme. Estar sola y pensar; reflexionar sobre todo lo que estaba pasando a mi alrededor y qué mejor que una tarde de verano a orillas del mar, donde podía encontrar la tranquilidad que todo ser humano desea. Escuchar la olas del mar, mientras hundido en los pensamientos te dejas llevar por aquella sensación de tranquilidad, de eterna soledad.
Caminé indecisa donde la podría sentir, hasta que la ví tendida en la arena, a varios metros de la orilla. Me acerqué a ella sin dudarlo, arrodillándome a su lado, poniéndome en su sitio. Tan lejos, tan sola... sobre una superficie hostil y ajena a su naturaleza. La miré durante unos segundos y luego, al cielo arder, relucir en llamas. El monstruoso color de un atardecer que daba otro día por acabado.
Volví a mirar hacia ella y la sentí morir por segundos; me ahogué con ella. Sentí el último aliento de cada una de sus células y su cuerpo marchitándose por la deshidratación. De pronto, un sordo sonido a líquido y a espuma cobró vida; pero tan repentinamente como apareció, se fue dejándome sola. Una ola. La promesa de una vida llena de magia y futuro a escasa distancia, pero inalcanzable. Cada una de nuestras rugosidades, cada centímetro de nuestra piel, se estremeció de anhelo.
Respiré salitre; el calor de los últimos rayos de sol que había me iluminó el rostro lentamente, provocando* ese suave ardor en mis mejillas. Volví a abrir los ojos para ver cómo, poco a poco, el amarillo se tornó naranja y éste, a su vez, en marrón. Y para luego darme cuenta de que el marrón de la arena mojada, cada vez más oscuro y frío, auguraba nuestro fin.
Ella desapareció por completo, cerrando lentamente su ojo de luz hasta dejarnos casi a oscuras. Estábamos al amparo del resplandor de unas tímidas estrellas, que brillaban con toda la intensidad del mundo.
Nos acompañaron durante esos instantes de angustia. En donde miles de pensamientos pasaron por mi cabeza, como las aves que huyen con el comienzo de otoño; pensamientos que ni llegue a retener, reflexiones sobre la vida, sobre aquel extraño momento, sobre todo.
Tiritamos. Cada sutil y casi imperceptible sacudida nos acercaba más a la rendición. Entorné los ojos una vez más. Ya no tenía nada más que hacer allí, así que acercándome más a ella le susurré:
— Adiós, pequeña.
Lo último que debió de sentir mi estrella fueron unos tristes pasos alejarse lentamente en la tenue oscuridad. Me fui con la mirada fija en el suelo, sin mirar hacia atrás. Pensando en las tantas cosas sobre las cuales antes trataba de reflexionar y ahora me parecían tan estúpidas, incluso algo insignificantes. Sin sentido. Innecesarias para sobrevivir.
Al cernirse la noche, se apagó y voló hacia sus hermanas. Para volver a brillar con más fuerza que antes.
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