La risa es el gran antídoto contra los venenos del espíritu.

14 novembre 2011

Suspiros




Como cada tarde, me dirigí hacia el lugar donde sabia que ella estaría, en donde podría verla una vez más, contemplarla un día más. Por más que no pudiera hablar con ella, me bastaba con tan solo observarla caminar desde lejos.

Al llegar, saqué un cigarro de mi bolsillo y lo abrí, para luego apoyarme en el muro que había a mi lado. Levanté la mirada hacia el cielo, esperando a que los minutos pasaran y llegara el momento de verla. Estaba muy impaciente porque quería que ella apareciese. Tenía unas ganas enormes de verla de nuevo, a sabiendas de que si ella lo hubiera sabido, me hubiera tomado por algún estúpido acosador o psicópata, aunque poco me importaba.

Mire mi reloj por pura intuición y giré la mirada enseguida hacia la puerta de aquel edificio y la vi.  Ahí estaba con una gran sonrisa en los labios, despidiéndose de sus compañeros mientras, entre risas, cruzaba la calle. Yo me limité a observarla pasar en silencio, como siempre, como cuando ves pasar un autobús que no es el que te llevará a casa. Aún así imaginé a donde me llevaría ella; los mejores viajes son los que no tienen rumbo, ni destino, ni duración media. Sin tasas, ni fecha de vuelta.

Su castaño cabello caía en bellas ondulaciones por sus hombros. Me volvía loco con tan sólo existir; podía hasta imaginar lo que sería poder tocarla, poder oler su perfume, acariciarla, sentirla... Besarla de nuevo. Pero seamos realistas, eso tan solo pasará en mis más profundos sueños.

Ella pasó y yo seguía clavado en mi sitio como he hecho siempre, a veces más animado y otras pensando demasiado. Lleno de energía y expectación acompañada de certeza, sabiendo que si podía sonreír sin reparo, era porque no estaba siendo sincero conmigo mismo.

Seguía con la mirada fija en su bello rostro mientras ella seguía avanzando. Me hubiera gustado que esa sonrisa fuese dedicada a mí, que aquellos ojos azules como el cielo mismo, me dedicaran aunque fuese una simple mirada, y que en sus más profundos sentimientos sintiese algo por este pobre hombre destrozado.

Dándole vueltas a todo, vueltas y vueltas... meditando, analizando y volviendo a sopesar cada posibilidad; cada sacrificio y recompensa, cada esperanza tapando la realidad y cada quimera enmascarando el fracaso.

Hubiera podido acercarme a ella, intentar hablarle, preguntarle como le estaba yendo todo, pero tenia miedo de ser rechazado. Me aterraba la idea de que ya no quisiese saber nada de mí y que me mirara como a un desconocido estúpido o pensara que estaba ebrio. Lo que más me hubiera dolido hubiera sido una mirada de desprecio suya. Así que prefería mil veces quedarme ahí y observarla discretamente.

¿Qué mejor momento que el ayer del que arrepentirse? De querer corregir. No hay manera de volver atrás ni cambiar nada: así vivimos tranquilamente infelices, conformes y vacíos.

Cada segundo, minuto que pasaba, ella seguía alejándose más y cada vez más.  Yo permanecía ahí, clavado en el suelo, suspirando de vez en cuando; aguantando las ganas de echarme a correr y de cogerla entre mis brazos de decirle lo mucho que sentía haberla engañado. Decirle lo que sentía por ella y lo que me provocaba el hecho de que me ignorara de aquella forma.

Pero no me moví de mi sitio y nada de eso pasó. Ella se alejó hasta el punto de que ya no estuviera a la vista de mis ojos, algo que me derrumbó por completo. Un día más en el que tan solo la veía pasar.

Después de un interminable suspiro, me recosté sobre el suelo. Otra vez pensando, meditando sobre todo y nada. Consciente de lo que estaba pasando, me dije;

A partir de ahora, Destino, si tú prometes darme una oportunidad, yo prometo aprovecharla.

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